domingo, 24 de mayo de 2015

El encargado me dice que el aire acondicionado está directo y que no se le puede bajar la temperatura. Yo digo "¡Ah, bueno!" tratando de darle el mejor tono de reclamo, decepción y molestia que puedo y cuelgo el teléfono. No creo que me halla salido del todo bien pero algo se hizo. Para todos lo que no sepan, se marca el cero en un teléfono de motel para servicio a habitación. Creo que en esta ocasión sufriremos de calor. Así que a sudar bien sobre el cubrecama, las colchas y las almohadas. Eso le debe de causar alguna molestia a la thai, pero tiene la delicadeza o la astucia de no mostralo. Estaremos a unos venticinco grados, en un cuarto de motel sin ventanas, cogiendo fuerte. En el momento no importa, por supuesto. Despúes viene el calor sofocante y sentir las gotas de sudor bajarte por el cuerpo mientras te miras en el espejo, con la toalla tapándote los genitales y arriba la televisión encendida pasando una popular película repetida hasta el hastío. Que mierda de cuarto, no se puede pedir más por ocho dólares. He pedido varias bebidas para refrescar.
La thai está envuelta en la toalla alrededor de los senos, mirando fijamente a la pantalla. Es un sueño porno hecho realidad esta hembra. Hembrita. Tiene ventiún años. Bajita, delgada y con senos grandes. Es de bajos recursos y está contenta con la ayuda que le doy. No está acostumbrada a ver tanta televisión, asi que me parece que está aprovechando ahorita todo lo que puede para ver... Tiene los ojos grandes, achinados, por eso le he dicho que es una pequeña tailandesa, el sueño porno de todo masturbador y atarantado seguidor del sórdido glamour de la pornografía gratis de internet. Tengo una erección solo de pensar en ella. Acostados a la par, soy yo, en estos momentos quien le besa el cuello, los hombros y todo lo que puedo, cuando, durante la semana no le he llamado ni una tan sola vez, ella, justo ahora, mira atenta la televisión. "Yo soy asi" me dice "casi no hablo" Si no la tengo aquí por la conversación, de todos modos. 

Por una caja de madera pegada a la pared se oyen unos golpes. Me levanto y abro la  compuerta "Tres dólares" dice la mano. Pago y tomo las dos botellas y la factura. De vuelta en la cama me paso la botella helada por el cuello, la boqueo, algo me baja la temperatura. Ese hielo tan necesario en estos momentos. Sobre la almohada queda mi mancha húmeda. Lo mojo, este colchón hay que maltratarlo y hacer sobre él lo que sea, lo que se nos ocurra, ya que no lo lavaremos nosotros, estamos pagando para que otro lo haga. Así que sudamos ahora. Yo por lo menos. Una vez me dijeron que era abundante en líquidos: en semen, en sudor y en lágrimas, pero eso es para contarlo en otra parte. La habitación tiene luces tenues, para los ratos de coger. También luces estridentes, las usas para hacer las cosas de después de coger, ir al baño, buscar el control remoto, destapar las bebidas, recoger tu ropa interior del suelo. Es muy fea esta luz. No lo noto hasta que es demasiado tarde, hasta que ha arruinado el ambiente. "Voy a apagar la luz" le digo "Mucho calor tira". Paso sobre ella. Siento otra vez su cuerpo bajo la toalla. Alcanzo el interruptor estirando la mano, y mis labios se quedan sobre su cuello. La quiero morder, solo puedo besarla, hacerla protestar por la posible marca en la piel. Aún no quiero besarla como quiero. Aún no está preparada.

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